París, la última capital de la República española

París, la última capital de la República española.

Hacia las tres y media de la madrugada el teniente Amado Granell tuvo que ser atendido en la enfermería; alguien le había mordido una oreja. Aquel doloroso episodio había sido tan sólo una de las numerosas expresiones del “entusiasmo delirante” que se respiraba aquella noche en las calles de París.

Unas horas antes, hacia las nueve y diez de la noche del 24 de agosto, el experimentado militar valenciano había encabezado una columna de unos 120 hombres que había alcanzado la Plaza del Ayuntamiento, escenificando la liberación de la capital francesa, tras cuatro años de ocupación por parte del ejército alemán.

Nada más conocerse la noticia, la población parisina se lanzó a la calle para agradecer a aquellos hombres que hubiesen puesto final a tan ignominioso periodo. La Marsellesa resuena por toda la ciudad, cantada con emotividad por la multitud, mientras que el repique de más de 200 campanas extiende la noticia de que las fuerzas de la liberación ya están en París.

Unas fuerzas en las que, para sorpresa de quienes consiguen arrimarse hasta ellas, apenas se encuentran franceses. La mayor parte de los hombres que acompañan a Granell son, como él, españoles. Son miembros de La Nueve, una de las compañías de la Segunda División Blindada, la 2DB, las fuerzas de la Francia Libre, que al mando del general Philippe Leclerc luchan por expulsar al fascismo de su país.

Los españoles refugiados en Francia creen que luchar por los aliados es también hacerlo por la derrota del franquismo

Es ese mismo sueño el que persiguen miles de españoles refugiados en Francia -y en las colonias francesas del norte de África- desde los instantes finales de la Guerra Civil. Su estancia allí ha estado plagada de penurias y maltratos, pero piensan que combatir por la victoria de las potencias aliadas es hacerlo por su propia causa y por ello no desaprovechan la opción de sumarse al ejército de Leclerc.

“Para mí la guerra que llegaba representaba la continuación de la de España; por ello, sin sentir ninguna atracción por ella, preferí los riesgos del soldado en campaña a la humillante condición de refugiado entre los alambres que nos rodeaban… Por otro lado pensaba que si llegaba vivo al final de la guerra podría gritar a la faz del mundo que había ganado mi libertad con el fusil en la mano”, afirmaría el soldado Enrique Ballester, según recoge Evelyn Mesquida en su libro La Nueve: los españoles que liberaron París (Ediciones B, 2019).

Se trataba en su mayoría de combatientes próximos a grupos anarquistas, comunistas o socialistas que aún creían que su derrota ante las fuerzas del general Francisco Franco no había sido definitiva. Aunque poco disciplinados, su experiencia en el combate -después de tres años luchando en España- y su notable motivación hacían de ellos elementos muy valiosos para las heterogéneas fuerzas que Leclerc, enviado por el líder de la resistencia gala, el general Charles De Gaulle, lograría reunir en territorio africano.

“Eran magníficos soldados, guerreros valientes y experimentados”, observaría sobre ellos el que sería su comandante, Raymond Dronne. Tras entrar en acción la mayoría de ellos en las luchas contra el ejército alemán en el norte de África, las fuerzas galas, con aquel numeroso contingente de soldados españoles, serían trasladadas a Inglaterra en abril de 1944, para participar en la operación Overlord, el famoso desembarco de Normandía.

La escasa confianza que los mandos estadounidenses y británicos tenían en las fuerzas francesas hizo que su desembarco en territorio galo no se produjera hasta la noche del 31 de julio al 1 de agosto, varias semanas después de iniciada la ofensiva. Aquel fue un momento emocionante para los combatientes de la División Leclerc, el primer ejército de la Francia Libre que pisaba territorio nacional desde la humillante derrota de 1940. Hubo lágrimas. Pero no sólo entre los franceses, sino también entre los soldados españoles. “Francia era para ellos en aquel momento la antesala del próximo desembarco en su país”, explica Mesquida.

Los hombres de la 2DB, y con ellos, por supuesto, los españoles de La Nueve, no tardarían en entrar en batalla, protagonizando alguno de los más cruentos choques de la campaña, como el que tuvo lugar en la localidad de Ecouché, donde los republicanos españoles dejaron constancia de su arrojo, aún a costa de varias vidas.

Los jefes aliados preferían evitar por el momento la lucha en París y proseguir el avance hacia Alemania

Por aquellos días, se dirimía un fuerte enfrentamiento entre los mandos del ejército francés y los aliados. Para los primeros, la liberación de París representaba una obsesión que no se podía dilatar más en el tiempo; debía hacerse de inmediato y debía ser protagonizada por las fuerzas galas. Los generales estadounidenses Dwight D. Eisenhower y George Patton, en cambio, preferían evitar por el momento el reto militar y, sobre todo, logístico que supondría tener que abastecer a una población de más de tres millones de personas y proseguir el avance hacia Alemania para aprovechar el derrumbe del frente nazi y así lograr su derrota definitiva antes de que lo consiguiera el ejército soviético.

Pero las intenciones francesas se vieron favorecidas por el estallido desde el día 19 de agosto de un movimiento de insurrección en el interior de París por parte de los miembros de la resistencia. De Gaulle insiste a los comandantes aliados para que permitan la entrada del ejército de Leclerc en la capital en ayuda de los insurrectos y éstos finalmente acaban accediendo. Cuando los hombres de la 2ª División Blindada reciben el cometido de marchar hacia París en la tarde del 23, nuevamente la emoción brotó en sus ojos.

“Incluso para los miembros del ejército colonial que no habían visto nunca París, su liberación representaba todo aquello por lo que habían estado luchando los últimos años”, señala Antony Beevor en El Día D: la batalla de Normandía (Crítica: 2009).

Aunque la orden era de partir al día siguiente, Leclerc no quiso esperar, temeroso de que las fuerzas estadounidenses se le adelantaran y le birlaran lo que debía ser un ejercicio de restitución del orgullo francés. Empezó entonces una carrera por llegar al centro de París lo antes posible, para lo que primero era necesario superar el fuerte cinturón de hierro alemán que rodeaba la capital.

En esos momentos, el gobernador del contingente alemán desplegado en París, unos 18.000 hombres, era el general Dietrich von Choltitz, que había asumido el cargo unas pocas semanas antes en sustitución de Carl-Heinrich von Stülpnagel, purgado por su implicación en el atentado que había sufrido Adolf Hitler el 20 de julio.

El führer le había ordenado defender su posición en la capital francesa sin contemplaciones. “Nada debe quedar en pie, ni una iglesia, ni un monumento”, le diría el dictador germano, antes de insistir en que “París no debe caer en manos enemigas más que como un campo de ruinas”. Pero, según declararía von Choltitz tiempo después, aquella última entrevista con Hitler le había convencido de que el destino del Reich estaba en manos de un hombre transtornado y que la guerra estaba perdida.

Aún así, von Choltitz no estaba dispuesto a entregar París sin plantar batalla. Era cierto que la ciudad vivía por entonces “días extraños, días vacilantes”, en palabras del periodista Maurice Goudeket, y que “los alemanes retenían París sólo a islotes y por medio de algunos tanques que hilvanaban torpemente las calles”, tal y como describe Beevor. Pero en las afueras sus posiciones aún eran fuertes y la División Leclerc no tardaría en encontrar una oposición mayor de la esperada.

Leclerc temía que el ejército americano les robara el protagonismo de liberar la capital francesa

A lo largo del 24, por momentos, la situación tornó desesperada. El ejército francés trataba de encontrar la ruta que le permitiera un avance más rápido hacia la capital, pero por momentos parecía que la columna del general estadounidense Leonard T. Gerow les acabaría robando el honor de encabezar la liberación de París.

Leclerc insistió a Dronne para que acelerara su marcha hacia la capital y este optó por dividir su fuerza en varias columnas, una de las cuales sería la que, encabezada por Amado Granell, alcanzaría en primer lugar el centro de la capital. Para ello, los soldados, desconocedores por completo de la capital, precisaron de la ayuda de un civil, así como de una Guía Michelín para encaminarse hacia sus objetivos.

“Tengo la impresión, al ver desde aquí este grandioso monumento de hierro, para mí lleno de leyenda y de historia, que he alcanzado el objetivo final de mis esfuerzos y de mi vida”, señalaría Granell al contemplar por primera vez la Torre Eiffel.

La columna avanza en carros bautizados de forma visible con nombres evocadores de la Guerra Civil española, como Guadalajara, Belchite o Guernica, y sus ocupantes portan banderas del régimen republicano por el que aún creen estar luchando. En su rápido avance encuentran algo de oposición alemana, aunque como observaría Granell “nos costó más trabajo vencer la admiración de los parisienses que la resistencia alemana”.

Portada de 'Liberation' del 25 de agosto de 1944 en la que se anuncia la llegada de las fuerzas francesas, con una foto de Amado Granell junto a los líderes de la resistencia interior.

Portada de ‘Liberation’ del 25 de agosto de 1944 en la que se anuncia la llegada de las fuerzas francesas, con una foto de Amado Granell junto a los líderes de la resistencia interior.

Finalmente, tras abrirse paso entre una multitud deseosa de acercarse a aquellos hombres que venían a liberarles del pesado yugo nazi, los hombres de La Nueve alcanzaron la Plaza del Ayuntamiento, en el que Granell pudo entrevistarse con los líderes de la resistencia interior y posar para una foto que encabezaría las portadas al día siguiente.

Con el tiempo, la primacía de Granell y el relevante papel de los soldados republicanos españoles quedaría oculto en la historia oficial que se impondría en una Francia necesitada de convertir aquella gesta en un triunfo propio. También resultaría encubierta la decisiva participación de los soldados españoles en el sometimiento del cuartel general alemán y la detención de von Choltitz, en el Hotel Maurice, al mediodía del día 25.

Lo que nadie podía robar, entonces, a aquellos hombres era el agradecimiento y los honores que el pueblo parisino estaba dispuesto a brindarles y que quedarían nuevamente de relieve a lo largo del día 26, cuando pudieron ocupar un lugar principal en el desfile que, encabezado por De Gaulle, protagonizaron las tropas liberadoras por la larga avenida de los Campos Elíseos ante alrededor de un millón de personas.

Aquellos festejos, en cualquier caso, no habían de durar mucho. La lucha para derrotar al fascismo seguía y aquellos hombres estaban dispuestos a seguir peleando de forma denodada para conseguirlo. Aún quedaban muchas luchas por librar, muchos reconocimientos por recibir, pero, sobre todo, muchas vidas por sacrificar.

Cuando los hombres de La Nueve concluyeron su última acción bélica, con la toma del Nido del Águila, el refugio de Hitler en los Alpes bávaros, tan solo quedaban vivos 16 de los casi 150 españoles que habían desembarcado en Francia casi un año antes. Aquel era un sacrificio al que sabían que se arriesgaban por imponer la democracia en Europa y, esperaban, también en su patria.

Pero aquellos pocos supervivientes no tardarían en comprobar que sus esfuerzos en pro de la causa de los aliados iban a caer en saco roto cuando se tratara de reclamar la ayuda de éstos en la lucha contra el franquismo.

La capital gala, con aquella bandera republicana ondeante en el consulado español, hace hoy 75 años, no había de ser el trampolín hacia la liberación de España. París, aquella París liberada gracias a su propio esfuerzo, no supondría el puente hacia la reconquista de la República española, sino la tumba de aquel sueño. En cierto modo, la París de aquel agosto de 1944 fue la última capital de un régimen que había consumido con honra sus últimas fuerzas.