Los 90 contra el alzhéimer

Un verano de principios de los noventa apareció Misino. Era muy alto, con una larga melena morena y muy delgado. Tenía unos ojos negros y grandes clavados en un rostro con facciones muy marcadas. No era gaditano, pero sí su familia, con la que pasaba largas temporadas en Cádiz y el sur lo llevaba impregnado en su personalidad, su acento y su cultura.

Misino llegó con Triana colgando de su melena, junto con Pata Negra y su Pasa la vida, con Camarón y sus Castillos de arena y con Kiko Veneno. Música de los 70 y 80 que habíamos ignorado, metidos en nuestro centralismo cateto y nuestra pretendida modernidad. Con Misino el sur se convirtió en un punto cardinal. Y aprendimos a compartir Radio Olé con nuestro mayores.

entramos en los noventa armados de eclecticismo y sobrevivimos a la herencia ochentera y el chorreo de música internacional

Así, en el arranque de la última década del siglo, mientras construíamos el mapa de nuestras referencias y gustos, dar palmas cobró sentido. El flamenco se coló en nuestra vida, primero con el pop, luego con el rock y terminamos escuchando a Lola Flores y Manolo Caracol con la misma fascinación que a Depeche Mode y a U2. Gracias a este punto de anclaje entramos en los noventa armados de eclecticismo y sobrevivimos a la herencia ochentera y el chorreo de música internacional que nos invadía desde Seattle y Manchester.

En los noventa la industria musical vivió el que, probablemente, haya sido su mejor momento: había más oferta, los supervivientes de la Movida eran mejores músicos que una década atrás, se vendían más discos, había bolos para todos, mucha televisión, radio y revistas para promocionarse y el pirateo todavía tardaría en doler. Pop, disco, rock, metal o tecno, había tanta oferta que era muy difícil quedarse en un solo tipo de música.

Pasábamos sin rubor de La Macarena de Los del Río al Give It Away de Red Hot Chili Peppers

Podías ser bakala, grunge, rapero o cualquiera de todas la tribus del pasado que siempre mantenían su público. Pero la mayoría se mantenía en el eclecticismo generalizado, incluso si no te gustaba en tema. Tolerabas a Sergio Dalma con su Bailar pegados, con único incentivo de arrimarse a alguien. Luego escuchabas a Nirvana, y surgía la discusión de si el Grunge era una pose (entonces no decíamos postureo). Pasábamos sin rubor de La Macarena de Los del Río al Give It Away de Red Hot Chili Peppers y terminábamos con Ritmo de la Noche de Mystic o Saturday Night (“Dee dee na na na”) de Whigfield. Y de postre; un poco de The Stone RosesBlur y Radihead.

Añadido a esto, en el menú musical de los noventa, no faltaban los reyes. Michael Jackson que seguía teniendo a medio mundo alzando sus paquetes y Madonna: cuya coreografía de movimientos robotizados del baile de Vogue le dotó del poder de sacar del armario hasta al capitán del equipo de fútbol del pueblo.

Se ha descubierto que nuestra memoria musical es capaz de resistir hasta al alzhéimer.

Se ha descubierto que nuestra memoria musical es capaz de resistir hasta alzhéimer. Los afectados por esta enfermedad reconocen canciones de su pasado mientras no son capaces de reconocer a sus propios hijos. Así que la música de nuestra juventud la tendremos grabada para siempre. Por si acaso, hay que hacerse un buen repaso de vez en cuando. Así que busco el CD que me pasó Misino y pongo Salud antes que dinero de Camarón. Eso cantaba el genio del flamenco en su última actuación en 1992, antes de morir de cáncer de pulmón, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid. Salud antes que dinero, así no nos olvidamos ni de los veranos de los noventa ni del Misino, ni de que Pasa la vida, ni de Camarón. Todo sea que caigamos enfermos y sólo recordemos el infame “Dee dee na na na”.