Montecasino: el abismo a las puertas de la Ciudad Eterna

Restos de la Abadía de Montecassino tras el bombardeo al que fue sometida el 15 de febrero de 1944.

Los protagonistas recordarían con especial agrado el recibimiento que les había tributado el pueblo de Roma aquel 5 de junio de 1944. “Las calles están abarrotadas de civiles que vitorean a nuestro convoy. Apenas queda sitio para que circulen nuestros vehículos y avanzamos a paso de tortuga. Los civiles se arremolinan a nuestro alrededor, nos tiran flores y nos estrechan la mano. Por primera vez en seis meses vemos espléndidos edificios, calles bien pavimentadas, niños de aspecto limpio y chicas hermosas con pintalabios, medias de seda y, para variar, también zapatos. Nuestro recorrido a través de Roma es fantástico y parece un sueño”, anotaría el doctor Klaus Huebner, enrolado en la 3ª División de Estados Unidos, una de las que pudo desfilar ese día por una Ciudad Eterna que celebraba su liberación del dominio nazi.

Para aquellos hombres, ese recibimiento representaba la recompensa a meses de penurias y sufrimientos en los que el sueño de liberar a Roma llegó a tornar en una angustiosa pesadilla. A apenas 140 kilómetros de la capital italiana, en los alrededores de la milenaria abadía de Montecasino, las fuerzas aliadas habían librado contra el Ejército alemán una de las batallas más brutales y dramáticas y la que más merece el título de mundial -por la cantidad de nacionalidades que se vieron involucradas- de cuantas conformaron la Segunda Guerra Mundial.

“Alemanes, italianos, franceses, estadounidenses, británicos, indios, neozelandeses, polacos, canadienses y sudafricanos sufrieron unas doscientas mil bajas a lo largo de ciento veintinueve días de infierno”, resume el doctor Peter Caddick-Adams en la introducción a su obra Montecasino: diez ejércitos en el infierno (Ático de los libros, 2017).

Eran pocos, sin embargo, los que auguraban tales dificultades para alcanzar Roma cuando empezó la campaña de Italia, nueve meses antes, con los primeros desembarcos aliados en la península itálica a inicios de septiembre de 1943. Por entonces, la sucesión de victorias de las tropas del general estadounidense Bernard Law Montgomery en el norte de África y Sicilia habían avivado el optimismo del contigente aliado, al tiempo que la desazón cundía entre el Ejército alemán, que veía cómo el supuesto plan infalible de su führer, Adolf Hitler, se iba desmoronando.

Los Aliados esperaban que la Wehrmacht, en retirada y abandonada por Italia, apenas dificultara su marcha hacia Roma

Esta sensación se veía, además, reforzada por la decisión del nuevo gobierno italiano, liderado por Pietro Badoglio tras el arresto de Benito Mussolini, de retirarse de la lucha, firmando un armisticio con los aliados que fue anunciado justo en el momento del desembarco en las playas de Salerno, el 8 de septiembre.

En esas condiciones, la operación patrocinada por el premier británico Winston Churchill parecía destinada a ser poco menos que un paseo militar que se coronaría en pocos meses con el éxito propagandístico que debía suponer la entrada en la capital de la que había sido el principal soporte de la Alemania nazi en la guerra.

Pero Hitler había ordenado luchar “henchidos de sagrado odio” y presentar batalla hasta que “el último soldado enemigo haya sido destruido o rechazado” y sus hombres estaban dispuestos a obedecerle. Es cierto que a esas alturas muchos ya se habían desengañado sobre su mitificado líder y veían claro que aquel conflicto les conducía inexorablemente hacia la derrota. Pero aún esos encontraban razones para mantenerse firmes frente al enemigo, “luchando por el compañero a nuestra derecha…o quizá por el oficial a cargo, a quien respetábamos, o quizá porque pensabamos que estábamos luchando por nuestro honor, cumpliendo nuestra obligación como soldados hasta el último día”, tal y como escribió un coronel de la Wehrmacht.

Así, desde que los aliados pusieron pie en la península itálica fueron sometidos a un continuo hostigamiento que retrasaría sobremanera su avance hacia Roma por los complicados caminos que recorrían el país en dirección norte. Los alemanes, que habían logrado desactivar a gran parte del ejército italiano -unos 720.000 hombres fueron enviados a campos de concentración- para evitar que se revolviera en su contra, habían optado por replegarse hacia el centro del país, donde habían fijado una serie de líneas defensivas en las que esperaban detener el avance de sus enemigos.

La más importante de éstas líneas, diseñadas por el mariscal Albert Kesselring, era la denominada línea Gustav, que se extendía desde el Adriático al  Tirreno, a la altura de los ríos Garigliano y Sangro. Como indica Óscar González en su participación en la colección de la Biblioteca El Mundo sobre la Segunda Guerra Mundial, el ejército alemán “había convertido las montañas que se extendían detrás de la línea de defensa fluvial germana en un bastión de hormigón y acero reforzado. De manera minuciosa cada colina había sido convertida en una auténtica fortaleza, conectada con las similares vecinas por medio de túneles”.

Montecasino era un bastión clave de la línea Gustav, entramado defensivo con el que Alemania pretendía frenar a los Aliados

Y entre éstas montañas y colinas había una que sobresalía: “Montecasino y las alturas cercanas controlaban por completo la vía de aproximación hacia la capital italiana. Desde su cima se podía observar y vigilar cualquier movimiento que se produjera en el valle del Liri y también en el del río Rápido. No fue una casualidad lo que hizo que este punto fuera el centro neurálgico de la lucha”.

Con sus 520 metros de altura, la colina sobre la que se erguía aquella majestuosa abadía, origen de la orden benedictina, “era una de las posiciones defensivas naturales más fuertes de la historia militar, con el monasterio en lo alto como un gran ojo que todo lo veía”, observa Caddick-Adams.

En esas condiciones, el mando principal al frente de los ejércitos aliados, Harold Alexander, sabía que atravesar aquella posición para continuar el avance hacia Roma a través del valle del Liri, no iba a resultar nada sencillo. Por eso, en coordinación con Mark Clark, responsable del 5º Ejército estadounidense, y Oliver Leese, comandante en jefe del 8º Ejército británico -en sustitución de un Montgomery que había marchado a Inglaterra para preparar el desembarco de Normandía-, diseñó una estrategia consistente en un ataque a la línea Gustav en distintos puntos que sería complementado con un desembarco de tropas en la costa de Anzio, a la espalda del ejército alemán, que obligaría a la Werhmacht a dividir sus fuerzas, y facilitaría (sobre el papel) la ruptura de las líneas.

“Una ballena varada”

Este plan comenzaría a ejecutarse hacia mediados de enero de 1944 en lo que supondría el inicio de la primera de las cuatro ofensivas que los Aliados acabarían librando en torno a Cassino. Si los Aliados pronto pudieron comprobar lo difícil que era superar las defensas levantadas por sus enemigos, el exitoso desembarco en Anzio el 22 de enero de unos 40.000 hombres liderados por el general John P. Lucas hicieron creer que el plan acabaría dando resultados.

Pero las dudas de Lucas a la hora de ponerse en marcha y la rápida respuesta del ejército alemán, que movilizó tropas de reserva sin desguarnecer la defensa de la línea Gustav, acabaría convirtiendo aquel nuevo frente en una trampa mortal que cerca estuvo de suponer la aniquilación de todo un cuerpo del ejército aliado. El enfado de Churchill por la inacción de Lucas dio lugar a su célebre lamento: “En vez de soltar a un gato montés en la playa acabamos con una ballena varada”.

El fracaso de la que había sido como Operación Teja condicionaría los desarrollos de la batalla de Montecasino, no solo porque obligaría a los Aliados a buscar el modo de romper de forma directa la línea defensiva alemana, sino porque muchas de sus ofensivas se precipitarían por el deseo de los mandos aliados de ofrecer un auxilio a los hombres atrapados en Anzio, distrayendo la atención de los alemanes.

A partir de entonces se sucedería una serie de acometidas aliadas, soportadas con firmeza por los defensores alemanes -en su mayoría tropas ya experimentadas, trasladas del frente oriental entre los supervivientes de batallas como la de Stalingrado-, en las que se luchaba con crudeza por cada colina, cresta o pico, haciendo retroceder la batalla “a un ritmo medieval”, según Caddick-Adams, en el que los combates cuerpo a cuerpo resultaban una constante.

La artillería resultaba letal en aquel terreno duro, del que se desprendían fragmentos que causaban fatales desgarros

El intenso uso de la artillería por parte de ambos bandos resultaba especialmente letal en un terreno duro como aquel en el que resultaba casi imposible cavar trincheras para protegerse y donde cada proyectil hacía estallar el suelo como si se tratara de cristal, desprendiendo fragmentos cortantes que podían causar fatales desgarros. Alrededor de un 75% de las bajas de la batalla se debieron a la acción de los obuses de mortero o de la artillería, cuyas explosiones, intensificadas por el eco de los valles, tenían, además, un profundo efecto desmoralizador en las tropas.

Más minaban la moral de aquellos hombres, no obstante, los rigores de aquel invierno italiano, que obligaba a defender posiciones a temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, a resistir durante días empapados por la lluvia o cubiertos de barro, en alturas a las que resultaba muy difícil el acceso -las mulas se convertirían en el principal medio de transporte durante la batalla- para abastecer a los soldados, por lo que el hambre y la sed también harían estragos entre los luchadores. El número de deserciones alcanzaría proporciones muy elevadas.

“Lamento las penurias que deben sufrir esta noche… húmedos, fríos, embarrados, hambrientos, yendo al campamento entre lodo y lluvia, sin dormir, sin descansar… No entiendo cómo lo soportan…siguen animados. Todo el honor es suyo. No entiendo bien como los hombres continúan avanzando bajo las duras condiciones actuales”, escribiría el general Fred Walker, al frente de la 36ª División estadounidense.

En esas circunstancias, una tras otra las distintas ofensivas aliadas resultaban baldías, ante la feroz resistencia alemana, de modo que la lista de bajas se engrosaba sin producir resultados alentadores. Cuando llegó el turno a las tropas neozelandesas e indias, su jefe, el general Bernard Freyberg, un héroe de la Primera Guerra Mundial, abogó por bombardear la histórica abadía, vista como un apoyo clave en la resistencia alemana.

Aquella sugerencia provocó un intenso debate entre los propios jefes militares, que ni siquiera estaban convencidos de que el Ejército alemán estuviera ocupando el monasterio y temían pasar a la historia como los destructores de aquella joya del cristianismo fundada en el siglo VI. Pero para los soldados presentes en el campo de batalla, aquel imponente edificio era visto como el eje de una resistencia alemana que se estaba cobrando un alto precio en vidas. “No me importa una mierda el monasterio”, espetaría un comandante de artillería estadounidense.

Ruinas de la abadía de Montecasino, tras la batalla.

Ruinas de la abadía de Montecasino, tras la batalla.

Finalmente, el 15 de febrero, cientos de bombarderos aliados sobrevolarían la abadía lanzando sobre ella unas 576 toneladas de bombas. El histórico edificio quedaba reducido a escombros, pero para desgracia de los atacantes sus ruinas, en las que permanecían algunas paredes en pie se convertirían, ahora sí, en un auténtico baluarte de la defensa alemana.

Tampoco dio muchos mejores resultados el bombardeo, un mes después, del pueblo de Cassino, a los pies de la colina del monasterio, que también quedaría reducido a ruinas y también se convertiría en una ratonera de difícil control. Dos meses después del inicio de las ofensivas, la línea Gustav seguía en pie, para desesperación de un Churchill que preguntaría airado al general Alexander el porqué de la insistencia en tomar Montecassino. “Por supuesto, no conozco el terreno ni las condiciones de la batalla, pero, desde fuera, me resulta inexplicable por qué, si el enemigo resiste y domina este punto, no se atacan los flancos”, le escribiría el 20 de marzo.

Lo cierto era que “para conseguir una penetración decisiva hacia Roma, las tropas aliadas deberían controlar el valle del Liri. Era la única ruta a través de la cual una ruptura del frente sería aprovechada con rapidez, algo que no ocurriría en el caso de que el colapso alemán se produjera en una zona montañosa”, explica Óscar González.

Era necesario romper aquel frente y, para ello, Alexander encargó a su jefe de Estado Mayor, el general John Harding el diseño de una nueva ofensiva, la Operación Diadema, que se basaría en la concentración de fuerzas en un frente estrecho (unos 300.000 hombres en unos 29 kilómetros) para realizar una serie de ataques masivos simultáneos con los que sacar el máximo rédito de la superioridad de recursos de los Aliados.

La Operación Diadema supondría concentrar 300.000 hombres en un frente de unos 29 kilómetros

Esta nueva fase de la batalla, a la postre la última, se iniciaría el 11 de mayo y en ella tendrían un papel fundamental las fuerzas polacas del general Wladyslaw Anders, encargadas de asaltar Montecasino. La ofensiva había sido preparada con el máximo sigilo, para tomar por sorpresa al ejército alemán, y tanto fue así que cuando se inició el ataque, varios de los principales responsables de la Wehrmacht en el frente italiano estaban ausentes, lo que retrasaría mucho su capacidad de respuesta y brindaría a los aliados una ventaja esencial.

Con todo, las fuerzas alemanas encargadas de la defensa de Cassino, entre las que destacaba la 1ª División de Paracaidistas, fallschirmjäger (“los paracaidistas alemanes son los mejores soldados del mundo”, llegaría a afirmar Alexander), protagonizaron una tenaz resistencia que obligaría al ejército polaco a emplearse con denuedo en una lucha ahora dificultada por los rigores del calor que provocaba, además, un intenso y desagradable olor por la putrefacción de los miles de cuerpos que permanecían sin enterrar en el campo de batalla.

Finalmente, el 18 de mayo de 1944, las tropas alemanas se vieron incapaces de resistir esta nueva ofensiva y abandonaron sus posiciones en Montecassino, donde, poco después ondearía la bandera polaca, en un triunfo que también suponía un importante respaldo a la lucha de aquel pueblo por recobrar su libertad no solo frente a la Alemania nazi sino también frente a la Unión Soviética.

Tropas polacas durante el asalto a la colina de Montecassino.

Tropas polacas durante el asalto a la colina de Montecassino.

Con todo, aquello no supuso el fin de la resistencia alemana, que aún obligaría a los aliados a importantes esfuerzos para asegurar al fin su avance hacia Roma. Un momento esencial fue cuando, el 25 de mayo, las fuerzas que avanzaban desde la línea Gustav lograron unirse a las tropas que permanecían asediadas en la zona de Anzio desde hacía 124 días.

En ese momento, al ejército aliado se le presentaba la oportunidad de envolver al ejército alemán en retirada para tratar de aniquilarlo y mermar así de forma decisiva la capacidad de la Wehrmarcht de seguir plantando batalla en Italia. Sin embargo, Clark, que sabía que la Operación Overlord (el desembarco de Normandía) era inminente, tomaría la controvertida decisión de encaminar sus fuerzas hacia Roma, renunciando a la persecución del enemigo.

Aquella maniobra, muy criticada posteriormente por sus propios compañeros de armas, impediría obtener una victoria decisiva y condenaría a los ejércitos allí destinados a un año más de combates en territorio trasalpino. Pero Clark no quería desaprovechar la oportunidad de disfrutar de su momento de gloria con la liberación de la Ciudad Eterna antes de que el protagonismo pasara a otro frente.

Con la batalla de Normandía en marcha, “el mundo comprendió que el resultado de la guerra dependía de los acontecimientos desarrollados mucho más al norte, en Francia y Alemania”, apunta Max Hastings en su obra Se desataron todos los infiernos. Historia de la Segunda Guerra Mundial (Crítica, 2015).

Y sin embargo, como reconoce el historiador británico, aquel frente suponía mantener ocupada a una décima parte de las fuerzas terrestres de Hitler y favorecía la ejecución de operaciones importantes, como los bombardeos de los yacimientos petrolíferos de Alemania en Rumanía, de modo que no era posible cancelar la campaña. “Los que nos libramos del Día D”, como se autodenominaron con sorna las tropas apostadas en el frente italiano aún tenían mucho que aportar al objetivo de los aliados, aunque su esfuerzo no les reportaría “ni gloria ni satisfacción”.