Quedarse en Madrid

Gran Vía de Madrid.

Llevo muchos años pasando agosto en Madrid y es cuando todo el mundo se va cuando la vida empieza a ponerse interesante. Ocurre de todo porque no queda nada y la ciudad te quiere un poco más porque se relaja. 

Fue durante un verano cuando encontré mi primer trabajo para cubrir a un tipo que se alejó de la ola de calor madrileña para meterse en la valenciana. Y el último, donde estoy ahora, empezó un 29 de agosto. En este mes de hace ya unos años, con el periódico vacío, conocí, sentado en la otra punta de la redacción, a la persona con la que ahora me peleo por ver quién se despierta a dar de comer al niño que duerme pegado a nuestra cama.

También en agosto descubrí una ciudad que durante mucho tiempo me hizo sentirme extranjera. Me di cuenta de que el Café Berlín mejora a partir de las tres de la mañana, que no es imposible sentarse en la terraza de El Rincón y que algunos de los mejores amigos los haces a la fuerza, cuando solo os tenéis el uno al otro para ir a las fiestas de La Paloma.

Cuando puedes levantar los pies en el cine, incluso escribir sobre cuánto te gusta Madrid en verano”

Es ahora cuando, como dice Luis Miguel Fuentes, “todo parece un espejismo”. Cuando se puede aparcar a la primera en La Latina y puedes ir al teatro aunque te hayas olvidado de sacar las entradas con dos semanas de antelación. Cuando puedes levantar los pies en el cine, incluso escribir sobre cuánto te gusta Madrid en verano.

No hay tráfico, las calles se vacían y tu jefe se atreve a poner OBK a todo volumen porque él también fue joven y la política le ha dado un respiro de media hora. Es en agosto, y es en Madrid, cuando a las once de la noche la gente empieza a salir de casa, cuando las siestas son mejores con el aire acondicionado a tope y la manta zamorana, cuando no te dan ninguna envidia todos los locos que se pelean por poner la toalla porque tú no tendrás que madrugar para hacerlo en septiembre