Nerón, un populista en la Antigua Roma

Nerón, un populista en la antigua Roma.

No resulta muy difícil imaginar a un político cuyo prestigio se vea seriamente comprometido por los lujos de su nuevo hogar. Tampoco cuesta pensar en un gobernante empeñado en ganarse el favor popular con donaciones y subvenciones, a costa de la salud de las finanzas públicas, al tiempo que arremete contra los intereses de las clases más altas. Y aún menos resulta ajena la idea de un líder carismático, con unos modos (de ser, de actuar, de vestir, de lucir su propia cabellera…) capaces de suscitar el rechazo de los sectores más conservadores de la sociedad. Si hoy es fácil encontrar claros ejemplos de estas escenas, la historia presenta una amplia variedad de casos ajustados a estos mismos patrones.

La imagen de Nerón se nos presenta hoy, de forma casi ineludible, ligada a la del gran incendio que arrasó Roma en el verano del año 64. Algunas fuentes lo describen subido a la torre de Mecenas, en el monte Esquilino, para recrearse en las imagen de las llamas devorando la capital del Imperio que él mismo regía y cantar su propia composición poética dedicada a la ciudad de Troya, “conmovido por la hermosura de la llama, comparando las desgracias presentes con los antiguos desastres”, según dejó escrito el historiador Cayo Suetonio.

La idea de que el propio Nerón había sido el causante del fuego pronto caló entre algunos de sus conciudadanos y ha llegado hasta nuestros días casi como una verdad incuestionable. Al fin y al cabo, solo se trataría de uno más en su lista de crímenes execrables en los que se incluyen el asesinato de su hermanastro, de su madre, de su primera esposa y también de la segunda -a la que propinó una patada letal cuando estaba embarazada- y la feroz masacre de la comunidad cristiana a la que quiso hacer pasar por culpable del incendio de Roma, para ocultar su responsabilidad. O al menos eso es lo que exponen las fuentes clásicas de las que bebe la imagen contemporánea de Nerón.

Resulta difícil desligar la imagen de Nerón del incendio que arrasó Roma en el año 64

Con tal currículum parece comprensible que la imagen de Nerón se haya transmitido hacia la posteridad como la de un monstruo que encarnaba los peores rasgos de la condición humana, una especie de Anticristo que aún siglos después de su muerte seguía atemorizando a la población, forzando al papa Pascual II a finales del siglo XI a realizar un exorcismo donde se creía que se encontraba su tumba.

Y sin embargo, no pasa desapercibido para los historiadores actuales la paradoja de que un ser presuntamente tan despreciable fuera tomado apenas unos meses después de su muerte como modelo de Gobierno por parte de uno de sus sucesores, el emperador Marco Savio Otón, para ganarse el favor del pueblo; que durante mucho tiempo las flores fueran un ornamento persistente junto a su tumba; o que sus estatuas no tardaran en aparecer en el Foro, en lo que suponía “un acto de adoración del emperador”, según explica el profesor Edward Chaplin. ¿Y si Nerón no fue el tirano sanguinario que cuentan los historiadores clásicos? ¿Existió algún interés en deformar la imagen de aquel emperador para sepultar su recuerdo bajo el oprobio?

Los estudiosos actuales de Nerón hace tiempo que trabajan con esa idea. “Nunca sabremos si emperadores como Nerón fueron depuestos porque eran malos o fueron definidos como malos precisamente porque fueron depuestos”, ha apuntado la presitigiosa historiadora Mary Beard. Son muchos los trabajos que ponen en cuestión algunos de los sacrilegios atribuidos a Nerón, como el asesinato de su hermanastro Britanico, el propio incendio de Roma o la persecución de los cristianos. E incluso aquellos sobre los que parece quedar poca discusión, como los asesinatos de su madre, Agripina, y de Octavia, su primera esposa, hija de su antecesor, Claudio, son considerados de escasa entidad -dadas las costumbres de la época-, para sostener la funesta fama que cuelga de su nombre.

“Todos los miembros del estamento superior de la sociedad romana sabían que los asesinatos dinásticos eran parte del orden político”, explica el profesor de la Universidad de Tubinga Mischa Meier, quien recuerda que, tras el asesinato de Agripina, Nerón protagonizó una entrada triunfal en Roma.

Nerón vivió su vida, en cierto modo, como el protagonista de un drama teatral

El relato de la vida de Nerón contiene innumerables episodios teatrales. Desde un nacimiento marcado por la sombría advertencia de su padre, Lucio Domicio Ahenobarbo, de que “de Agripina y de mí no puede nacer nada que no sea detestable” hasta el tragicómico lamento del propio Nerón, justo antes de suicidarse: “Qué artista se pierde conmigo”. Y es verdad que, en cierto modo, Nerón trató de vivir como el protagonista de una obra de arte.

Aquel joven, nacido en el mes de diciembre del año 37, no estaba llamado a gobernar el Imperio más poderoso de la tierra y solo las audaces intrigas de su madre le convertirían en el sucesor de su tío Claudio, a la temprana edad de 17 años. Pese a los esfuerzos de Agripina por darle la formación apropiada -para lo que recurrió a los servicios del prestigioso filósofo de origen cordobés Lucio Anneo Séneca-, Nerón manifestó desde sus inicios unos gustos extravagantes para su posición social, aficionado a las competiciones deportivas, a la poesía y al canto, “en cuyo cultivo creyó haber encontrado la verdadera vocación de su vida: la de artista lírico”, observa José Manuel Roldán, profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

El “monstruo” que sólo quería cantar

En un Imperio caracterizado por sus éxitos militares, Nerón apenas prestó atención al ejercicio de las armas -un descuido que le acabó costando el rechazo del ejército-. En cambio, era habitual verlo en espectáculos públicos, que fomentó tanto a través de certámenes deportivos (como las carreras de carros) como de concursos culturales, en los que el propio emperador no dudó en participar, para disgusto de los senadores más conservadores, y que acabaron plasmándose en la institución de unos juegos al estilo griego que fueron denominados como Neronia.

Aquel gusto por el canto, por la cultura helenizante, llegaría al súmmun entre el año 64 y 65, cuando viajó a la provincia de Acaya, la actual Grecia, con “el excéntrico deseo de ver reconocidas sus virtudes sobrehumanas en el campo de las gloriosas competiciones panhelénicas, que en la antigua Grecia habían acuñado la imagen heroica de los vencedores”, observa Roldán.

Ni competiciones atléticas ni certámenes de canto se le resistieron y el cúmulo de coronas triunfales con las que fue premiado durante los 14 meses de estancia en tierras helenas -más de 1.800- le depararían algunos de sus momentos de mayor gloria. Frente a los muchos césares que podían alardear de éxitos militares, Nerón henchía su pecho por sus triunfos escénicos en contextos tan emblemáticos como los Juegos Píticos en el santuario de Delfos.

Y eso que, en opinión de muchos, sus triunfos no eran fruto de sus virtudes, sino el resultado de competiciones convenientemente preparadas, con contricantes de escasa entidad y ambición y jurados agradecidos por las elevadas donaciones del emperador.

Pero lo que para Nerón era motivo de un orgullo exacerbado, entre las clases altas romanas era causa de rechazo. “Estas son las obras de un príncipe que se deleita en prostituirse cantando en tabladillos, tentado por el opio de la corona griega”, expresaría el poeta latino Juvenal.

Sus triunfos en Grecia, en competiciones deportivas y culturales, supusieron uno de sus momentos de mayor gloria

En cambio, el respaldo de la plebe alentaría a Nerón a proseguir en aquellas actitudes que, en el terreno político, se transformarían en medidas a favor de las clases más desfavorecidas, como el intento de reforma tributaria, que él mismo definió como “el más magnífico regalo a los romanos”. Pero aquella medida, chocó con los fuertes intereses de las clases altas, que hicieron imposible su aplicación.

Esos continuos choques contra el estamento senatorial romano, le llevarían a adoptar una política cada vez más absolutista, al tiempo que populista, que se haría más evidente a medida que consiguió irse librando de aquellas personas que más coartaban sus intenciones como su madre, Agripina, o su consejero Séneca.

La guerra fría que se desató entre el emperador y los senadores romanos pronto daría paso a movimientos conspiratorios que, al descubrirse, eran severamente reprimidos. Ante aquellos avisos de creciente descontento, lejos de rectificar el rumbo, “Nerón se reafirmó en su política despótica y provocó la caída definitiva del poder del Senado”, escriben Pilar Fernández Uriel y Luis Palop en Nerón. La imagen deformada.

Poco a poco, no obstante, sus continuos excesos fueron minando parte del respaldo popular del que disfrutaba. Contribuyó a ello el asesinato de Octavia, realizado para poder casarse con su amante Popea Sabina, o el derroche que supuso la construcción de un majestuoso palacio, la Domus Aurea, tras el incendio del año 64.

El deterioro económico, agravado por los gastos suntuosos de su política populista, cargada de prodigalidades y exhibiciones -la combinación de pan y circo a la que se redujo por momentos su obra de gobierno-, ayudaron en gran medida a restar apoyos a Nerón.

Subrio Falvo, un pretoriano detenido por su complicidad en una conjuración descubierta en la primavera del 65, revelaría el descrédito del emperador al espetarle que “yo te odio, y no había entre tus militares nadie que te fuera más fiel que yo, tanto habías merecido que yo te amara. Comencé a odiarte el día que ordenaste la muerte de tu propia madre y la de tu esposa, el día que te convertiste en auriga, histrión e incendiario”.

Las clases altas, dañadas por las políticas de Nerón, conspiraron para provocar su caída

El viaje a Grecia que emprendería poco después es la mejor prueba de que a Nerón aquel clima de conspiraciones le inquietaba más bien poco. Pero como observan Fernández Uriel y Palop, “la reforma neroniana llevaba en sí misma y desde su nacimiento la semilla de la destrucción”. La osadía y falta de tacto y prudencia en su actuación política hollaron demasiados intereses y crearon el clima de cultivo para su derrocamiento.

El principio del fin de Nerón empezó con un lejano pronuciamiento militar en la Galia por parte del gobernador Cayo Julio Vindex, que pronto fue secundado por Servio Sulpicio Galba, gobernador de la provincia Tarraconense. La mayor parte de los expertos considera que una acción decidida por parte del emperador podría haber desarticulado la rebelión sin un coste excesivo.

Pero Nerón, como si protagonizara una de sus amadas actuaciones teatrales, optó por una actitud melodramática, cediendo a una inacción que resultó fatal. En aquellas circunstancias, el Senado se sintió con fuerza para derrocar a un emperador que tantos males le había ocasionado. Abandonado por los suyos y temeroso de caer en manos de sus enemigos, optó, tras muchas vacilaciones, por suicidarse, clavando un puñal en su garganta. Era el 9 de junio del año 68, hace ahora 1950 años.

Resulta difícil saber si con él moría, un buen gobernante. Tampoco es sencillo determinar si su caída suponía el fin, como él mismo creía, de un gran artista. Pero pocas dudas caben de que sus 14 años como emperador habían supuesto para Roma un periodo decisivo para el impulso de su cultura y su arte, un viraje hacia el mundo oriental que marcaría la evolución futura del Imperio.

Estos méritos  y cuantos vieran en él aquellos que nunca dejaron de recordarle quedarían, no obstante, sepultados bajo una leyenda negra que sus enemigos se encargarían de difundir para la posteridad. Un Nerón había muerto, otro estaba a punto de nacer.