La gimnasia cerebral que se aplica en colegios y universidades

Creció rodeada de una “densa niebla cerebral”. A los seis años, a Barbara Arrowsmith-Young le diagnosticaron un bloqueo mental o discapacidad múltiple del aprendizaje. Creció pensando que no había nada que hacer. Entendía el lenguaje sólo tras un gran esfuerzo y no era capaz de seguir una conversación, ni de entender la hora. Pasó sus dos primeras décadas de vida luchando por aprender a leer y a escribir. “Todo cambió cuando cayó en mis manos un libro sobre neurociencia que defendía que el cerebro se puede reparar gracias a la estimulación”.

Contra todo pronóstico, Arrowsmith-Young consiguió licenciarse en Psicología. Tras muchos años de trabajo y esfuerzo, pudo superar sus dificultades gracias a la neuroplasticidad. Para ello, desarrolló una serie de ejercicios cognitivos avalados científicamente y que agrupó en el Programa Arrowsmith, un programa que desde hace 40 años ayuda a personas con disfunciones cerebrales o trastornos en el aprendizaje. Hoy, este programa se aplica en más de 100 países del mundo, entre ellos en España, en la Universidad Camilo José Cela y en los  seis colegios SEK. El Programa Arrowsmith ya ha ayudado a más de 6.000 personas en el mundo. Barbara acaba de publicar La mujer que transformó su cerebro, un libro en el que desvela cómo superó sus problemas de aprendizaje.

Desde hace 40 años, el Programa Arrowsmith ayuda a personas con disfunciones cerebrales y trastornos en el aprendizaje

Siendo niña, un maestro les dijo a sus padres que su hija de seis años nunca aprendería como el resto de los niños debido a los graves problemas de aprendizaje que tenía. “Le daba la vuelta a los números y a las letras. Me peleaba con la lectura y la escritura, pero no avanzaba. Tampoco era capaz de entender el paso del tiempo, no encontraba relación ni entendía el movimiento de un reloj analógico”, confiesa.

“Cuando salía al recreo no era capaz de entender las normas de los juegos, ni era capaz de mantener una conversación de manera coherente porque no entendía nada. Para mí era como si me hablaran en otro idioma. A mis padres les dijeron que tenía dañada la parte izquierda del cerebro”.

A la pequeña Barbara la tacharon de lenta y difícil. Tanto es así que, aunque vivía enfrente del colegio, el mero hecho de pensar en cruzar la calle le provocaba ansiedad y miedo.

Para colmo, Arrowsmith-Young también sufría ciertas discapacidades físicas. “No era capaz de calcular con el lado izquierdo de mi cuerpo. Si me tocaban en el brazo no distinguía a qué altura lo habían hecho. No notaba nada y tampoco era capaz de calcular el espacio. Así que me caía, me chocaba con las paredes y a mi madre le avisaron que como era propensa a los accidentes no viviría mucho tiempo. Todo mi costado izquierdo me resultaba extraño, casi como si hubiera sufrido un derrame al nacer”.

A los 14 años intentó suicidarse y se cortó las muñecas con una cuchilla de afeitar

En aquel momento, Barbara sólo contaba con una prodigiosa memoria. Se sabía diferente y a pesar de todo el esfuerzo no podía imaginarse teniendo éxito en ningún campo. Con la autoestima por los suelos, a los 14 años intentó suicidarse y se cortó las muñecas con una cuchilla de afeitar. “Cuando desperté me enfadé conmigo misma porque no lo había conseguido”.

En 1977, recién cumplidos los 25 años, llegó a sus manos El hombre con un mundo destrozado: la historia de una herida cerebral, un libro de Alexander Luria. Se trataba del estudio médico sobre un soldado ruso que en la Guerra Mundial había sufrido una lesión cerebral. “Este soldado me describía a mí. Estoy viviendo la vida de este hombre, pensé. Descubrir este libro marcó un punto de inflexión en mi vida “, desvela Arrowsmith-Young.

Tanto la joven como el soldado ruso tenían un problema con el hemisferio izquierdo del cerebro en la intersección de tres regiones: la temporal (vinculada al sonido y el lenguaje hablado), la occipital (vinculada a la vista) y la parietal (vinculada a las sensaciones cinestésicas). Por la misma época, Arrowsmith-Young leyó la investigación del psicólogo estadounidense Mark Rosenzweig en la Universidad de California en Berkeley, que demostró que el cerebro de una rata puede cambiar gracias a la estimulación. “Si una rata podía cambiar su cerebro a través de una estimulación específica, el ser humano tenía que poder hacer lo mismo”.

Arrowsmith-Young comenzó a realizar ejercicios de lectura con un reloj analógico. Se trataba de estimular la región cortical de su cerebro mediante el uso de tarjetas de memoria. Gracias a estos ejercicios, poco a poco, comenzó a entender los textos que leía, era capaz de seguir conversaciones en tiempo real y reconocía la lógica de las matemáticas. “Algo había cambiado en mi cerebro, podía hacer muchas de las cosas que me habían obstaculizado en el pasado. Es más, empecé a entender muchas cosas que me habían sucedido de niña”.

Así nació el Programa Arrowsmith. Continuó diseñando ejercicios mentales para mejorar su coordinación y el uso del lado izquierdo de su cuerpo. Poco a poco, Arrowsmith-Young se dio cuenta de que “podía leer mapas y caminar por pasillos angostos sin chocar contra las paredes”. En 1980 abrió la Escuela Arrowsmith en Toronto para ayudar a niños y adultos con problemas de aprendizaje. Orgullosa del resultado, hoy lucha porque su programa llegue al mayor número posible de gente.