Theresa May, la Dama de Hielo

Theresa May ante el 10 de Downing Street.

May or May be. ¿Podrá ser May? Theresa May lucha contra sí misma, y las circunstancias, para mantenerse en el número 10 de Downing Street. Su sueño de ser primera ministra se cumplió gracias a una carambola histórica en julio de 2016. Ahora,  una campaña electoral que parecía hecha a su medida se ha transformado en la peor de sus pesadillas. Lejos de Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, a quien le gusta emular, May asemeja una esfinge errática, la Dama de Hielo.

Esta campaña electoral marca un antes y un después en la trayectoria política de Theresa May (Eastbourne, 1956). La suya es la historia de un ascenso lento y muy controlado. Tras la dimisión del primer ministro David Cameron, como consecuencia de su derrota en el referéndum del Brexit, May se impuso a sus competidores para sucederle. Su rival mejor situada, la ministra de Energía, Andrea Leadson, puso sus credenciales como madre -dijo que tener hijos justificaba que tenía “un interés real por el futuro del país”- como baza para ganar a May y tuvo que retirarse por la presión en su contra.

Transformó su tímida defensa del “remain” (quedarse) en la Unión Europea en un férreo apoyo al “Brexit es Brexit” y se puso manos a la obra. Presume de que le califiquen una “mujer increíblemente difícil”, como dijo de ella su compañero de filas Kenneth Clarke, y asegura que será el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, quien sabrá lo que quiere decir tener ese carácter.

May, que se negó durante nueve meses a anticipar elecciones, convocó el 18 de abril a votar el jueves 8 de junio, convencida por sus acólitos debido a la gran ventaja en los sondeos, entonces más de 20 puntos, y a la debilidad de la oposición laborista. “Fuerte y estable” se presentaba May. Sin embargo, en esta campaña se ha mostrado más débil y errática que nunca.

Presume de ser una mujer “increíblemente difícil” y asegura que pronto lo comprobará el presidente de la Comisión Europea

Ha llegado incluso a rectificar sobre la marcha una propuesta de su programa electoral, el llamado dementia tax, impuesto a la demencia, sobre el pago de los mayores y sus familias a las atenciones médicas continuadas. Es la primera vez que un líder político da un giro similar en plena campaña. El énfasis sobre la justicia social de los laboristas contrastaba con ese aparente abandono de las clases medias, el bastión conservador.

Después de llevar la iniciativa a la hora de convocar a las urnas, se ha negado a acudir a los debates cara a cara con sus competidores, lo que se ha interpretado como una muestra de debilidad y casi de temor. En las entrevistas se ha mostrado menos segura y menos competente de lo que se esperaba. La gestión del atentado de Manchester fue aceptable, pese a que ya empezaron a desvelarse errores graves de seguridad, pero tras el ataque de Londres su gestión como ministra del Interior durante seis años (2010-2016) y sus recortes a la policía (20.000 efectivos menos) le han puesto en evidencia.

Según The Economist, su actitud en esta campaña se explica porque May ejerce de “emperatriz en un bastión cerrado y muy pequeño”. Ha mantenido a su equipo de asesores como primera ministra y desconfía de todos los que no sean los más leales. “En este nuevo territorio la proporción de fracasos supera a la de éxitos. Los mejores líderes unen a personas con diferentes aptitudes. El equipo de May concentra a los que tienen las mismas debilidades”. Consulta poco y elude el problema si puede. Pero en esta campaña electoral está resultando imposible hacer como si todo siguiera igual.

May, que domina el escenario cuando tiene todo bajo su control, se ha visto arrollada por los imprevistos y los previsibles: desde la capacidad del laborismo para presentarse como alternativa hasta los atentados yihadistas. La May titubeante, la reina de los giros de 180 grados, se ha hecho más visible que la competente y profesional May, que se había labrado la fama de trabajadora incansable desde sus inicios como diputada en 1997.

Inescrutable como la canciller Angela Merkel, coincide con la líder alemana en su origen familiar. Su vocación política nace en la adolescencia en sus charlas de sobremesa con su padre, Hubert Brasier, vicario de Oxfordshire. El ejemplo del padre como servidor comunitario alimentó su interés por la política “de forma altruista, sin pensar en ti mismo”, como confesaba en 2012. Pronto quiso ser la primera mujer en llegar al 10 de Downing Street, según amigos cercanos, aunque se le adelantó Margaret Thatcher.

En la universidad admiraba a Thatcher, entonces en la oposición. Más por ser mujer que por su política”, según una amiga

“En la universidad admiraba a Thatcher, que era líder de la oposición. Creo que era más por ser mujer que por su política en concreto, pero Theresa May era muy discreta a la hora de exponer sus ideas. No imaginé que sería ministra o jefa del gobierno”, confesaba a The Guardian una amiga de esa época. May siempre ha cultivado esa similitud con Thatcher y como la Dama de Hierro no se deja llevar por lo que piensen los otros. Sin embargo, carece del carisma y la elocuencia de su antecesora.

May estudió geografía en Oxford, la misma universidad donde estudió Thatcher, tras una infancia y adolescencia marcada por su padre, el vicario Hubert Brasier, que falleció cuando era veinteañera como consecuencia de un accidente de automóvil. Poco después perdió también a su madre.

Está casada desde 1980 con Philip May, a quien conoció en un baile de los conservadores gracias a la mediación de Benazir Bhutto, la asesinada primera ministra de Pakistán. Philip, que trabaja en la banca, como ella empezó, dice que ella es “su roca” y juntos parecen resplandecer, a ojos de sus allegados. Poco amiga de confesiones personales, una vez reconoció que le habría gustado tener hijos. Padece diabetes tipo 1 y necesita medicación diaria, lo que al parecer le irrita por hacerle parecer vulnerable.

En 2002 se convirtió en la primera mujer que presidía el Partido Conservador. Entonces advirtió de que se estaban transformando, a ojos de muchos británicos, en el “nasty party” (el partido despreciable) y abogó por un giro más social. Votó a favor del matrimonio homosexual: “Si dos personas se cuidan y se aman, deberían poder casarse”.

Como ministra del Interior, la segunda persona que ha ocupado más tiempo el cargo en 100 años, se empeñó en la lucha contra la inmigración. Pretende reducir el cupo neto a 100.000 inmigrantes, a pesar de que los expertos lo consideran inviable y muchos creen que tampoco es una medida eficaz desde el punto de vista económico.

“Es una especie de Dama de Hielo. No puedo hablar con ella casi de nada”, dijo Nick Clegg, cuando coincidieron en el gabinete

Por sus diferencias sobre el plan de vigilancia masiva en Internet solía discutir con el líder liberal, entonces vice primer ministro Nick Clegg, cuando coincidieron en el gabinete. Clegg decía de ella: “Es una especie de Dama de Hielo. No puedo hablar con ella prácticamente de nada”. Cameron le dio entonces la razón. Muchos de sus colegas del partido y del gobierno mostraban respeto a May por su firmeza pero tenían dificultades para verla como uno de los suyos.

De su época como ministra del Interior presume de haber deportado a Jordania al clérigo radical Abu Qatada en 2013, aunque se lo desaconsejaban por el trato que recibiría en este país de Oriente Próximo. También defendió que el Reino Unido se retirase de la Convención Europea de Derechos Humanos porque estaba limitando “la deportación de extranjeros peligrosos”. Tras los últimos atentados, si las urnas confirman su mandato, ya ha anunciado que reforzará la seguridad aunque haya que limitar libertades.

Cocinera vocacional, amante del cricket y apasionada de la moda, especialmente fan de los zapatos extravagantes, a May no le gustan los riesgos, salvo en lo que se refiere al calzado. Sin embargo, en abril lanzó un órdago a la ciudadanía, con la esperanza de lograr su apoyo incondicional. Tiene los pies en la tierra y sabe que este jueves se juega todo aquello por lo que ha luchado durante años. Como Cameron con el Brexit, quiso que los británicos tomaran la palabra. Su suerte está echada.

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